Arnoldo Herrera, aprender a no callar

Un ciclo más y nuevamente es 6 de junio, día del natalicio de Arnoldo Herrera, fundador del Conservatorio de Castella y su director hasta el día de su muerte.

Para los que estudiamos en el Castella en vida de Don Arnoldo, su presencia dejó una marca de por vida.

Para bien y para mal, Don Arnoldo era una presencia casi mítica, el alma de la institución, un “dictador paternal” como lo llamó Guido Sáenz.

Cada 6 de junio la nostalgia golpea a los egresados del Castella, el cumpleaños de Don Arnoldo era una fiesta, no teníamos clases, y había baile después del mediodía.

Por eso hoy quiero contar una historia que no he compartido con nadie.

Un momento breve, que no comprendí hasta después, y que no vi en su verdadera dimensión hasta el día de hoy.

Fue entre mi pubertad y los primeros años de mi adolescencia.

Yo había decidido que quería ser escritor, y mi espíritu precoz junto a mi apariencia, que me hacia parecer de más edad, me permitieron acercarme a círculos de artistas,  pasar a tener conversaciones interesantes y embriagarme de ideas.

Eso me llevó a entrar en contacto con un autor que había hecho su carrera en el extranjero, con los años nos volvemos menos impresionables, pero en aquel momento yo estaba fascinado con esta persona y lo que podría aprender de ella.

Él conocía a Don Arnoldo de su juventud, y le envío un presente a través de mí.

Le entregué el obsequio en el pasillo frente a la oficina de la dirección, Don Arnoldo me llevó aparte, en la zona del parqueo donde jugaban niños y adolescentes a la hora del recreo.

Puso su tono grave, y me comentó que esta persona había hecho su carrera fuera del país porque había sido señalado como un abusador de menores.

No entendí porque me lo decía, me pareció que esa conversación no tenía nada que ver conmigo.  ¿Por qué me contaba eso a mí? Me resultaba extraño que mi director hablará en esos términos de un colega artista. ¿Cuál era su intención?

Está claro que Don Arnoldo me estaba tratando de proteger, ponerme sobre aviso, a su manera fue un:

“cuidado a donde te estás metiendo”.

Es necesario comprender que si aún nos cuesta hablar de estos temas, en aquel momento la tónica era el silencio.

Esto no pasaría de anécdota, si no fuera porque muchos años después esta persona fue denunciada en varios países, confirmando lo que me decía Don Arnoldo.

No pasaría de un recuerdo, si no fuera porque descubrí además que era un secreto a voces, la gente lo sabía, adultos que me acompañaron en esos círculos lo sabían, y habían normalizado el tema, ignoraban comentarios incómodos y comportamientos por lo menos sospechosos, en una línea: habían elegido el silencio complice.

De decenas de personas, Don Arnoldo fue el único en levantar una alerta, y no es que fuéramos especialmente cercanos, estoy seguro que conocía a cada uno de sus estudiantes, pero sabía guardar la distancia que favorece el respeto mutuo entre un alumno y su maestro.

Don Arnoldo hizo lo que tiene que hacer un ser humano responsable, no guardar silencio, no callar las cosas incómodas, no matizar ni relativizar el abuso.

No voy a decir que ojalá hubieran más Arnoldos Herreras en el mundo, no se trata de eso, Don Arnoldo estuvo tan lleno de defectos como todos nosotros.

Pero en este momento de mi vida, que aprendo a ser papá cada día, agradezco que existan personas que no quieran seguir callando, dispuestas a cuestionar la complicidad de las instituciones religiosas en el abuso de menores, a denunciar siempre que haga falta, agradezco a las estudiantes de las universidades públicas por levantar la voz contra el acoso y abuso en las aulas de la educación superior.

Si algo me queda claro es que no existen ámbitos blindados contra el abuso y el acoso, las relaciones de poder son especialmente fértiles para este tipo de comportamientos, y lamentablemente todavía nos queda camino para repensar la forma en que nos relacionamos, y cómo jugamos nuestros roles en distintos escenarios sociales.

Sin embargo, soy optimista porque estamos aprendiendo a no callar, y finalmente parecemos comprender, tal como creo que lo comprendió Don Arnoldo, que guardar silencio nos vuelve cómplices.

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