La imagen latente

A Gerardo Vargas

Fue durante la segunda mitad del año, corría 1999, la gente temía que los sistemas informativos colapsarían con el cambio de milenio, yo creía ser un adulto y tomaba mi primer curso de fotografía en la universidad.

Estaba obsesionado con el misterio de las sales de plata, la imagen latente en el rollo y el papel, que solo se descubre en la alquimia del laboratorio.

En aquel momento la fotografía era sinónimo de procesos químicos y rigurosidad, las facilidad de lo digital parecía una promesa remota y no era más que una curiosidad para nosotros.

Cuando salíamos tarde de clases tomábamos el bus junto a la iglesia, y en la esquina donde alguna vez hubo un restaurante chino, unas bodegas industriales y otras cosas por el estilo, se empezaban a levantar los huesos de un nuevo templo de consumo, leviatanes de acero y cemento que en aquel tiempo eran todavía una novedad en el paisaje.

Apenas comprendía las bases técnicas, pero quería intentar la toma, intuía que había un valor histórico en registrar los cambios del paisaje urbano de cara al siglo XXI.

Hice los ajustes y realicé la fotografía.

En la siguiente clase presenté la imagen, el resultado era malísimo.

Sin embargo, en lugar de solo descartarla, mi profesor insistió en repetirla, realizarla como era debido, esto significaba conseguir un trípode.

En la noche flotaba esa humedad que queda después de la lluvia.

Mi novia de aquellos años me presto su trípode recién adquirido.

Preparé la toma, cada rollo y su revelado significaban un gasto importante para mi presupuesto de estudiante.

Dispare tres cuadros, en el primero la luz de un automóvil sobre expuso la toma, pero no lo sabría hasta el revelado.

En la segunda un autobús se interpuso en el encuadre y me percaté tarde de eso.

En la tercera, los pasajeros del autobús caminaron frente a la cámara. Di ese cuadro por perdido y aposté a la primera toma.

Ese cuadro, el que di por perdido es el que acompaña este texto.

Los pasajeros del bus se convirtieron en esas extrañas sombras en el inferior de la toma, el transito nocturno en estelas de luz.

Ese día descubrí que la fotografía está compuesta de tiempo.

No podría haberlo puesto en palabras, pasaría tiempo antes de leer a teóricos como Susan Sontag o John Berger, pero intuí que más allá de consideraciones estéticas, la fuerza de la fotografía reside en esa nota sostenida, ese instante que se dilata de forma indefinida.

Entonces me volqué a explorar la larga exposición, esas imágenes que registran más allá de nuestros sentidos, la luz en el tiempo, la lenta evolución del universo.

Han pasado veinte años, y desde entonces busco la imagen latente en los pliegues de la noche.

fotografia nocturna

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